Celos.
Es verdad: los cuentos de Disney nos hicieron bastante daño. Nos hicieron creer en el príncipe que vendría a rescatarnos. Nunca dijeron exactamente de qué o por qué, pero si somos honestos, todos en algún momento, hemos querido que nos rescaten de nosotros mismos.
En las películas ese conflicto aparece encarnado en el dragón, el villano, la bruja o cualquier cosa o criatura que se vea grotesca. Ahora sabemos, gracias Jung, Pinkola Estés, Joseph Campbell, que esos arquetipos siempre estuvieron dentro de uno. Si no, ¿de dónde habrían sacado todas esas criaturas los escritores?
Al final, esos personajes representan algo interno: algo que quisiéramos señalar como enemigo, algo que quisiéramos eliminar de una vez por todas para entonces poder vivir nuestro felices para siempre.
Pero la película más importante es la interna.
Hay un personaje que hoy me llama, me grita, me exige que lo mire. Son esos villanos que, por celos o por envidia, quieren destruir aquello que el príncipe intenta rescatar: a esa princesa inmaculada y preciosa que parece no haber roto jamás un plato y que, por lo tanto, no merece ningún mal.
Pienso en Sleeping Beauty: una maldición la condena al sueño. Pienso en Maleficent, en esa herida nacida del rechazo, de no haber sido invitada a la celebración, y en cómo ese dolor se convierte en miedo y luego en maldición.
¿A quién no lo han dejado por fuera alguna vez? ¿A quién no lo han rechazado de una fiesta, de un lugar, de un vínculo? ¿Cómo se siente eso?
Heme aquí intentando comunicar algo muy simple y, al mismo tiempo, muy complejo: los celos.
¿De dónde vienen los celos? ¿Del rechazo? ¿Del abandono?
Siento tanta compasión por esos villanos en este momento, porque así me siento yo.
En el cuento que mi cabeza insiste en reproducir, yo soy la villana que quiere separar a dos personajes que no me han hecho absolutamente nada. Pero he ahí la trampa: les extirpamos toda complejidad humana a unos y depositamos toda la sombra en la otra.
¿Cómo es esto justo o humanamente real?
Y aun así seguimos tragándonos ese cuento a grandes cucharadas.
No me lo nieguen: los celos siguen profundamente estigmatizados en nuestra sociedad. Apenas empezamos a atrevernos a hablar de la ira; mucho menos nos atrevemos a admitir que sentimos celos hacia alguien más, porque uff… qué inmaduro, qué falta de carácter, ¿no?
Pues yo vengo hoy a admitir que sí los siento.
Vengo a describirlos: se me nubla la cabeza, siento un nudo en el estómago, me hierve la sangre y me dan ganas de llorar. Full on: pez globo.
Celos, especialmente hacia ciertas mujeres.
Mujeres que, a simple vista, mi mirada apresurada traduce como autosuficientes, self-made, bellas, perfectamente resueltas.
No porque ellas se presenten así, ni porque realmente lo sean.
Sino porque algo en mí las recubre con esa fantasía.
Les proyecto una corona que tal vez nunca pidieron llevar.
Mi cabeza las convierte en esa princesa de cuento que parece no haber roto jamás un plato, intacta, inmaculada, ajena a toda grieta humana.
Y entonces susurra la vieja amenaza: eso que ves allá afuera es todo lo que a ti te falta; cuidado, porque podrían elegirlo en lugar de ti.
Y por un instante me lo creo.
What a bunch of bullshit…
Sin ofender a los involucrados, pero la raza humana no tiene la capacidad —al menos todavía no— de ser perfecta. Nadie, absolutamente nadie, ha pasado por esta vida sin romper platos. Todos somos complejos. Todos cargamos inseguridades, errores y aciertos.
En el fondo, hombres y mujeres, todos buscamos lo mismo: nuestro príncipe azul.
Pero el príncipe nunca fue una persona.
Era validación.
La confirmación de que lo estamos haciendo bien.
Y para conseguirla nos disfrazamos de víctimas, de héroes, de graciosos, de exitosos… de lo que haga falta.
Yo hoy estoy harta de intentar no romper un plato.
Estoy harta de no poder admitir ante la sociedad que siento celos, que me siento intimidada por ese potencial que veo en otros.
En algún punto de mi cuento me creí que yo no era merecedora de eso porque rompí demasiados platos.
Me creí el cuento de que estaba rota.
No más.
Hoy, por más fuerte que se sienta, no quiero darle la espalda a esa villana-dragón. Quiero sentarme a conversar con ella, conocerla, intentar entenderla.
Tal vez nunca logre comprenderla del todo, pero al menos quiero darle un lugar en la mesa.
La pobre muñeca fea me lleva a las lágrimas porque me he identificado con ella. Durante mucho tiempo creí —y no sé cómo demonios me compré esa idea— que todos eran mejores que yo.
No quiero convertirme en mi propio príncipe azul.
Pero tampoco se trata de levantar un estandarte a esa autosuficiencia solitaria, tan idealizada como vacía.
Se trata, más bien, de reconocer que esa parte de mí que busca protección existe.
Sí quiero que me cobijen, que me abracen, que me acojan y me vean.
Y, de nuevo, ¿quién aquí no quiere ser visto y aceptado incondicionalmente?
Heme aquí abrazando la idea de que ese personaje también existe en mí, como existe en ti: llámale dragón, bruja o criatura que, con su furia y su fuego, me ha protegido incansablemente.
Me ha resguardado del fantasma del rechazo, del eco del abandono, de ese antiguo temblor que susurra que quizá no soy suficiente.
Y yo, durante tanto tiempo, confundí su celo con crueldad.
Le llamé enemigo cuando, en realidad, solo sabía protegerme de la única forma que conocía.
Es por eso que escribo hoy.
Con el corazón punzando por esa vieja alarma que se activa cuando alguien se acerca y algo dentro de mí se siente en peligro.
Pero ahora lo sé: esa herida no viene a condenarme.
Viene a señalar, con la precisión de una llama, el lugar exacto donde aún necesito aprender a quedarme.
Y aquí estoy: admitiéndolo, explorándolo con valentía, cortando las espinas del castillo para llegar hasta mi princesa interna.
La esencia inmaculada de quien realmente soy.
Soberana de mi propio castillo: mi humanidad completa, la luminosa y la incómoda.
Vida, heme aquí.